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ELLOS LOS LLAMAN PRONTO


Como isleño de ley, Camarón era -perdón: es- gaditano entero, y eso se le nota en el peculiarísimo corte sincopado que, más distinguible sobre todo en bulería, soleá y todo el amplio grupo de las cantiñas, resonaba en su cante.

No obstante su gaditanía, el esencial tronco gitano de José Monje (como el de Terremoto de Jerez o el Agujetas), lo haría cantaor general calé, no importando ya tanto las desinencias locales y regionales de su cante como el carácter gitano, roto y maravilloso, que él imprimía a su quejío. Puede decirse de él lo que del mítico cantaor Miguel Pantalón: "No hacía más que abrir la boca y ya iba allí media hora del cante de otro".

En un artículo para El País, recién muerto el hombre, referí la mejor -y más gaditana- de mis noches personales con Camarón: en el 69 y en la Venta de Vargas, noche de homenaje a Pericón con colocación de lápida en su calle Bendición de Dios, y luego, ya en La Isla, un espléndido cónclave de amigos: Félix Grande y Paca Aguirre, Carmiña Martín Gaite, Juan Vargas (tan mesonero como amigo), Juan Farina, Casilda Varela y Paco de Lucía... Manolo Caracol y un Camarón chavalín protagonizaron la noche enduendada, admirable, más pródiga aún en comunicación humana que en cante y toque propiamente dichos, aún siendo estos lo mucho que fueron.

Largos años después, y reverso de esa medalla, luego de haberlo presentado para mi programa flamenco de TVE, fue sorprenderlo pegándose un droguerío momentos antes de salir a cantar en el Festival de Almería, donde también me tocó -y con qué gusto- decir cuatro cosas sobre su arte espléndido, oloroso de hogueras, de esteros y de años, de caravanas desaparecidas y cafés de cante con navajas en vez de candilejas.

Es pronto para evaluar debidamente la pérdida que para el arte flamenco y para Andalucía supone la pérdida de Camarón. Una vez más, se confirma la vieja sentencia clásica de que los dioses llaman pronto junto a sí a quienes prefieren. Camarón, en tal sentido, es Dylan Thomas, es Pablo del Águila, es Gaudier-Brzeska, es Charlie Bird Parker, es Carmen Amaya.

Fernando Quiñones

Gaceta Gaditana nº 11. Septiembre 1992.

Paquito de La Isla

Por Juan Silva



Era martes, corría el año 1957, casi primavera, cuando junto al Pozo de Bernabé se oyó por primera vez el quejío de Paquito. Isabel daba a luz al primero de sus hijos el 19 de marzo. Lo bautizaron con el nombre de su padre, Francisco.

Francisco Páez Moreno, que así es como se llama Paquito de La Isla, se levantaba temprano, antes que pasara el camión de la basura. Se iba a recoger el pan duro que encontraba entre los desperdicios y lo vendía para alimentar a las vacas a una señora de una de las muchas huertas que entonces había en La Isla, Con las perrillas que sacaba se comía un bollo con manteca. Después, como tantos niños de esa época, pasaba el día jugando en la calle con los amigos a los bolis[1], al trompo, a la lima[2]… Así fue la infancia de Paquito, por entonces no sabía que sería Paquito para toda la vida.

Al colegio fue durante poco tiempo hasta que con 11 años se marchó a Barcelona a una imprenta donde trabajo de chico para todo. Allí se quedó hasta los 14 años cuando vuelve a La Isla y comienza a trabajar en las salinas hasta los 20. —El oficio de la salina es muy duro, pero lo aprendí pronto —Nos cuenta Paco—. Empecé de hormiguilla[3]… Estuve en unas pocas, en la salina de San Cayetano, el islote Santiago frente al Ventorrillo del Corral… Trabajaba, además de la temporada, en invierno arreglando le huerta fuera, poniendo piedras.

Foto de portada de su CD Cantaó, de Juan Silva
Además de escuchar a su madre canturrear por Marife de Triana mientras hacia las camas, a él le gustaba escuchar los discos flamencos de la época, recuerda especialmente los de Rafael Farina y Porrina de Badajoz. A la vez que los oía él se cantiñeaba y se decía: —Po no lo hago tan mal tampoco. De esta forma fue cogiendo confianza hasta que le cantó unos fandangos a un tío suyo y este se quedó maravillao. Fue a partir de entonces cuando empieza a moverse con su tío por todos lados. De esta forma llega a casa de Juan Monge Cruz, el Metepata. Este lo escucha cuando él tenía 17 o 18 años: —Antes del bar que tenía fuera, tenía una tasquita dentro en la fragua —Recuerda—. Ese día llegué y Dolores le dijo a Juan: ¿Tú no has escuchao a este niño cantar? Le canté y Juan se volvió majareta. A partir de entonces empieza a parar en lo del Metepata y a codearse con el Pijote, otro hermano de Camarón. Y es de la mano de Pijote como Paco llega a conocer a Camarón, con el que tuvo la suerte de compartir muchos momentos. En verano cuando José pasaba por La Isla se iban juntos a lo de Bartolo en La Casería y allí pasaban la tarde. Nos comenta que una vez Camarón le tocó la guitarra en una fiestecita. Fuera parte que he cantao con él en escenario por derecho, hemos estao en fiestecitas particulares también.

La primera vez que Paco canta ante un público numeroso lo hace en el Teatro de las Cortes. Había un festival en apoyo a una huelga de la construcción, en el 76 o 77, donde actuaban muchos artistas locales. Él no estaba en el cartel pero se pasó por allí a escuchar. Metido entre bambalinas le comentó a uno, que parecía llevar la organización de aquello, que le gustaría cantar. Entonces le buscaron un guitarrista. Allí estaba Ramón de La Isla pero, tras un diplomático “tengo los deos fatal de haberle tocao a todo el mundo”, Paquito terminó cantando acompañado de José Armario el Lete, con quien cantaría muchas otras veces a partir de entonces. Su actuación fue del agrado de los asistentes por lo que a partir de entonces paso a ser más conocido en San Fernando.

En los años setenta en La Isla el cante se podía dar en prácticamente cualquier bar donde hubiese su vinito y su buen ambiente. Paco recuerda especialmente el Metepatas y el chiringuito de Paquita, más palante de la iglesia del Buen Pastor, donde paraban muchos buenos aficionaos de los que fue empapándose y nutriéndose. Ya a partir de 1974 cuando abrió sus puertas la Tertulia Flamenca esta se convirtió en el punto de encuentro por excelencia para los flamencos.

A lo largo de su trayectoria artística ha compartido escenario con Turronero, Juan Villar, Chano Lobato, Terremoto, Rancapino, Capullo de Jerez… También ha ganado varios premios entre los que destacan el primer premio del Concurso Nacional de la Tertulia Flamenca de San Fernando en 1994 y el primer premio del IX Concurso Nacional de Cante Flamenco Memorial Camarón de La Isla en 2010. En algunos me han dao dinero y en algunos una placa- nos explica.

Según nos cuenta, sus cantaores preferidos han sido Camarón, indiscutiblemente, el Indio Gitano, Antonio Mairena, Rafael Farina. También Enrique Morente, y como rumbero el gran Bambino. Hoy día disfruta con la guitarra de Vicente Amigo y el baile del Pipa o Farruquito. O, si nos salimos del flamenco, con Luciano Pavarotti, U2 o el grupo británico The Cure. 

Merece la pena oír cantar a Paco, oírlo y verlo. Siempre con su porte señoríal, el pantalón con su raya y los lustrosos zapatos negros de puntera. Chaqueta, corbata y un imperdible engarzado a modo de broche en el chaleco… Trae suerte. Cuando él canta siente el cante y especialmente las seguiriyas: La seguiriya es un cante muy potente, que te lestima a ti mismo. Una seguiriya cantá por derecho es un cante que lestima, lestima. El taranto también… 

Últimamente ha pisado las tablas de escenarios de Madrid, Bilbao, Zamora, Cuenca, Ciudad Real… acompañado por Víctor Rosa, Juani de La isla o Adriano Lozano, guitarristas isleños con los que Paco se siente a gusto. 

Cuando se le pregunta por el flamenco fusión o el flamenquito Paco responde sin complejos que si se hace bien…, en el disco que he sacao estoy haciendo cosas de esas. Si se hace flamenco aunque le meta una cajita o una flauta no  pasa na tampoco. O to va a ser guitarra y cantaó na ma. Yo en el disco voy a sacar cuatro temas flamenco puros y cuatro ritmosos. 

Fotografía Juan Silva
Paco está a punto de terminar su disco titulado CANTAÓ. Un trabajo producido por LA FRAGUA y bajo la dirección artística de Carlos Rey y Juan Antonio Iglesias, Trysko. Meterse por primera vez en un estudio de grabación con cerca de sesenta años ha sido algo raro para él. Ponerse a cantar sin un guitarrista a su vera le ha resultado bastante extraño: llego allí y no hay guitarra ni na… y está to. Canto yo y me toca la guitarra el otro, pero no coincidimos. 

Cuando salga el disco, yo qué se lo que pensará la gente de mi, o si va gusta, o no va gusta. Paquito no sabe si su disco gustará pero está ansioso por salir de dudas. Tras una vida cantando por fin ha conseguido inmortalizar su voz y espera con ilusión poder mostrar su trabajo. Enseñarle a los que han creído en él lo que ha sido capaz de hacer… en este disco lo hemos cambiado to, he metido nuevo to, músicas y temas.

Paco siente vértigo, el vértigo de verse en un espejo por primera vez en la vida, que en lugar de su imagen reflejará su voz.






[1] Canicas
[2] Una especie de rayuela en la que se utilizaba una lima para clavarla en el suelo embarrado de las calles y así ir completando el recorrido establecido.
[3] Chiquillos que guiaban los borricos cargados de sal. Había un peón que era el vaciador que vaciaba las cargas porque ellos no podían. Pero su tarea era arrear al borrico y que cogiera para un lado o para otro.

Aquel encuentro


Por Lolo Picardo


Publicado en el número 8 de la revista LA FRAGUA, noviembre de 2015.


Nadie lo esperaba, nadie lo llamó. A todos extrañó su presencia, pero allí estaba. Su traje cruzado marrón avellana, su camisa beige, su corbata impecable. Guapo, repeinado y con mucho que decir. Ninguno pudo dejar de mirarlo mientras susurrando preguntaban quién era aquel chaval. Caracol ni lo miró. El Niño de los Rizos, guitarrista de muchas noches, lo besó. Le había tocado mucho en aquella venta. Lo veneraba y había sido de los primeros en comprar el primer disco del artista. Cuántas veces le tocó a la madrugá Eugenio, cuántas juergas, cuánto arte. Los demás lo miraban ensimismados y no era para menos. A Camarón, con menos de veinte, gustaba verlo y por supuesto escucharlo.

El grupo venía de inaugurar una calle en Cádiz, en el barrio de la Viña. La calle Pericón de Cádiz. Se congregaron muchos, muchos artistas. Porque Pericón era un grande de Cádiz y tuvo que ser grande cuando le dedican a uno una calle y encima estando con vida. Pues cuando acabó, unos tiraron para un sitio y otros para la Venta de Vargas. Había que celebrarlo. Entre ellos Carmen Martín Gaite, ya escritora distinguida; Félix Grande, el emeritense, el gran flamencólogo, el que hace honor a su apellido; Antonio Murciano, dios de la poesía del flamenco; María Vargas, guapísima, hermosa, flamenca; Fernando Quiñones, maestro consorte de la Tacita, Coronel de la cultura gaditana; Niño de los Rizos y su guitarra, su inseparable guitarra; los venteros, los clientes, los aficionados, todos estaban allí, hasta los que no estaban.

La mecha de este encuentro se encendió años atrás, una tarde que María y Juan, los venteros, quisieron presentarle a Caracol a aquella promesa, aquella insigne garganta que acongojaría el mundo del flamenco. Porque Caracol amaba a aquella pareja, eran como hermanos. Se pasaba temporadas enteras viviendo en la Venta, disfrutando a sus amigos, impregnándose de arte. Aún se recuerda al maestro jugando a las cartas con el hermano de María, Mangolo, o repasando su repertorio de la a la z, porque Manuel no “jamaba” la lectura y lo que se le olvidara lo perdía. Cuántas noches le regaló Caracol a Juan Vargas y el ventero a Caracol. Cuántas madrugá en el Campo del Sur escuchando a Magandé, el rey del fandango, el rey de reyes. Cuánto cante…

Pero Manuel, ensimismado consigo mismo o rindiendo culto al Botaina, no le respondió muy bien cuando aquel gitanito le cantó, un mal gesto, una mala cara y algo así como que un gitano rubio nunca llegaría a ser grande. Un pequeño desprecio, tan diminuto, pero que quedó clavado en el corazón de aquel blanquecino calé, que disgustado miraba como a su héroe no le gustaba su cante. Joselito Camarón solía pasar por la puerta camino del Puente Zuazo, allí en las orillas del caño, el niño gitano se bañaba, jugaba. Y todos los días miraba para adentro. ¿Quién estaría? El Pinto, Marchena, las de Utrera. O quizás algún torero que le regalara un capote o unas banderillas. Aquella era su casa, porque Juan moría con su cante y con su estirpe flamenca.

Y en aquel cuartito, Caracol mandaba, con cetro y corona. Manejaba el cante con su alma reventada en diez mil batallas, remataba las siguiriyas con fuego en la garganta y clavaba sus uñas, sus cuidadas uñas, en las palmas de la mano cuando cantaba la soleá de la Andonda. Su cuerpo maltrecho por la enfermedad, lo ahondaba en la silla, la mano haciendo compás, la diestra sentenciando el fandango. El público, el privilegiado público absorto ante aquella forma de entender el cante, de utilizar el flamenco para contar sus penas, sus temores, su llanto. No cantaba, era un grito flamenco. Los soníos negros pedían libertad, salir de aquella alma atormentada. Vivir con luz.

Y en aquella mística habitación del colmao, aquellas paredes de Mensaque y cal, entró el niño viejo. José Monge Cruz, el gitano rubio, el que no llegaría a ser grande. Entró y se puso detrás de Caracol. Ni lo miró. Y cantó un fandango como si el mismo Chacón lo hubiese cantado. Miró al Niño de los Rizos y le pidió que le subiera un traste. Caracol hablaba con Quiñones, Quiñones le recordaba un cante. Y Caracol lo cantó. Enorme pero con más trabajo. El tono estaba más alto, pero lo acabó. Estaban en el tercer traste y allí Manuel no canta, no le gusta. Remató Camarón el fandango. Genial, ancestral. Y pidió a Eugenio, el de los rizos, que subiera al cuarto. Caracol ni lo miró. La misma historia, Caracol cantaba bien pero incomodo, Camarón en las nubes, pletórico, feliz, vengativo. Eugenio al quinto, Eugenio al sexto, Eugenio al séptimo…

Caracol proseguía a riesgo de reventar su garganta, de aniquilar su cante. Pero su grandeza no le dejaba rendirse, era el rey del flamenco y estaba en su pedestal. En su casa, en aquella Venta donde canto tanto, donde vivió tanto. En el séptimo cantó con grandeza pero arrastrándose. Pidió ayuda a los arcanos del flamenco y acabó con dignidad. A Camarón ni lo miraba. José cantó en el cielo. Cantó con Undebel, el dios de los gitanos, y el cante se hizo grande e impregnó a todos con ese fandango, con esas letras, con esos melismas. Y José, con ese cante, no le pedía la victoria de aquel duelo, le pedía que le reconociera su grandeza, que para él Caracol era el más grande que había parido el flamenco, pero que su cante era gitano y era también grande. Que el gitano, aunque rubio, sabía cantar. Y Caracol lo hizo. Dejó su narcisismo flamenco y lo hizo. Cogió la mano de José y la acarició, la besó. Le pidió perdón sin pedirlo, inclinó su cabeza, sin moverla. Pero lo acarició. Y aún en la séptima, donde cantan los ángeles, Caracol reventó su garganta, hincó bien las uñas en las palmas de las manos y reventó un fandango que después dirían que era su despedida. Caracol dijo:

Me voy a morí,
gitanitos de la Cava,
me voy a morí.
Venid gitanos, gitanas,
quiero que lloréis por mí,
mis gitanos, mis gitanitos de la Cava.

Noche histórica del flamenco, dudo que hubiese otra igual. Grande, grande. Corazón contra corazón. Llanto por llanto. Se podía decir que aquella noche Caracol entregó el cetro del flamenco a Camarón, con permiso de D. Antonio, el de Mairena. Y desde aquella noche Camarón se erigió como el Dios del quejío, del sentimiento, del flamenco. José quiso a Caracol. Caracol también lo quiso. A su forma, pero lo quiso. Pero es verdad que en un panal no podía haber dos abejas reinas y siguieron separados. No coincidieron después. Y eso que Caracol lo intentó. Hasta partió una guitarra cuando José le negó. Pero no cantaron juntos. 

Decía Paquito, un bohemio lebrijano que paraba en la Venta, que cuando no hay ruido, sobre todo de madrugada, pone la oreja en las paredes y escucha ecos de aquella noche. Escucha una garganta grande que llora. Escucha unos melismas muy grandes, muy grandes. Pero Paquito ama el flamenco y su mente lo engaña. Todos quisiéramos haber estado allí. En la noche más importante de la historia reciente del flamenco.

Antonio Molina Flores ...con Camarón

CAMARÓN, mito y leyenda.

Publicado en el número 7 de la revista LA FRAGUA, junio de 2015.


Primero fue la leyenda; después vino el mito. Pero como todos los relatos del origen, lo mejor será empezar por el principio.
En el principio fue la cinta casette. En una vida feliz y sin pretensiones, salíamos a la carretera con la música a tope. Solo había radio cassetes y la radio difícilmente se sintonizaba. Escuchábamos a Bambino y a Los Chichos. Después, en esta misma estela de música que se compraba en las ventas, vino Camarón. Hablo de carreteras, caminos y veredas de Galera, Huéscar, Baza, El Puerto de Santa María, Marbella y San Fernando.

Ricardo Pachón obró el milagro de poner a Camarón en la leyenda. Y la leyenda

La cositas de comer... En las callejuelas de Camarón



Por Lolo Picardo

Publicado en el número 1 de la revista LA FRAGUA, agosto de 2012.

Qué de cosas nos hemos preguntado de José Monge Cruz, Camarón de La Isla. Cuántas cosas quisiéramos saber de él. Cuántas dudas nos ha sembrado su prematura muerte y por ello, ahora comprendo cómo se sentía Julio Iglesias cuando, apagando la grabadora de Consuelo Font, periodista de la desaparecida Panorama, le conminó a que le contara cuanto supiera de sus costumbres, lenguaje y conversaciones. A sabiendas de que Consuelo había estado en Houston con él y había entablado una pequeña amistad con la familia, el cantante dejó aparcada la entrevista que le quería hacer Consuelo, en el hotel Palace de Madrid, para saber más de José.
Eso mismo creo que nos ha ocurrido a todos con

Ni que me manden a mi

Por Antonio Jiménez Cuenca


“Ni antes ni ahora hubo un eco como el suyo. Donde ponía la voz hacía oro. Su capacidad de transmisión era asombrosa. Era un sonido nuevo en el cante. Tenía un sello que quedará para la eternidad. Camarón ha influido en todos los cantaores de este tiempo. Es posible que también en mí, de alguna manera y sin saberlo”.
Con estas palabras, el maestro Enrique Morente nos daba la dimensión de Camarón sobre sus contemporáneos y la huella dejada.
Escuela cantaora personalísima, escuela Camaronera, donde el fraseo y el quejío hacen bandera del compás flamenquísimo de este largo cantaor que fue y que es El Camarón de La Isla. Decir que José Monje Cruz lo cantaba todo no es faltar a la verdad. 164 obras en su discografía registrada de 1969 a 1992. Diecisiete LP oficiales en veintitrés años de carrera discográfica (más dos obras colectivas dirigida una por Antonio Arenas y la otra por Sabicas; dos singles de villancicos y el "Sere… serenito” de la película Casa Flora). Esta extensa lista de canciones nos muestra su largueza como cantaor flamenco, por todos los palos y todos los estilos. Un cantaor de raza que ha marcado el canon del flamenco actual.
Además, otros rasgos distintivos del carácter de José Monje fueron su curiosidad, su precocidad y su asimilación. La impresión es que Camarón siempre quiso estar informado. Así lo confirman quienes lo conocieron y trataron. Que en la música era de natural curioso, desarrollando con gran intuición todo lo que la tradición heredada de su familia le iba enseñando. Principalmente de su madre Juana. Pero también de la Perla de Cádiz, de Antonio el Chaqueta, de Manolito de María, Joaquín el Canastero, Caracol, Mairena,... y muchos más.
Cuarenta años tras su grabación y veintitrés años después de su muerte, traemos aquí una grabación de 1975 incluida en su disco Arte y majestad, LP número siete de los nueve continuados que realizó con la colaboración especial de Paco de Lucía. Ni que me manden a mí, estilo de fandango de Enrique Morente que José Monje impresiona en vinilo antes que el propio maestro granadino, es una variación del fandango natural con final atarantado y que Camarón ejecuta con un portentoso dominio de la melodía y la armonía vocal. Paco de Lucía le da un contrapunto y una cobertura absoluta.


Abundan en este sentido, José Manuel Gamboa y Faustino Núñez que nos dicen al respecto: “El estilo de fandango natural creado por Enrique Morente lo grabó José antes de que lo hiciese el genial cantaor granadino. Esta interpretación es muy singular debido, en primer lugar, a la salida que realiza Camarón sobre unas palabras de marcado acento árabe, hábitos que por entonces se iban poniendo de moda. Además, la creación morentiana incluye en este fandango una entonación de taranta antes del último verso, como novedosa aportación al universo musical flamenco. El picado soberbio de Paco de Lucía se muestra aquí de forma clara, rematando la faena con la alzapúa.”

Farina de La Isla, la última esencia del cante

Por Lolo Picardo

Publicado en el número 6 de la revista LA FRAGUA, febrero de 2015.

Será de las pocas personas que queden en nuestra Isla con ese arte innato que tiene Farina. Farina de La Isla, sobrenombre que le pusieron porque su cante emulaba a ese gran cantaor de Salamanca, a ese gitano que bordaba los fandangos y los remataba con multitud de requiebros y melismas. Pues nuestro Farina, el de aquí, es bueno, educado, servicial y su cante es puro, claro como el agua de los arroyos, sin impurezas.
Perteneciente a esa generación mítica de La Isla, donde el flamenco de cabales era una profesión y donde los parroquianos exigían un cante con la media botella, un fandango para irse contentos a casa o unas bulerías para chocar los nudillos con la mesa de madera. Sebastián Rodríguez, que así es su nombre, convivió con los mitos del flamenco de los años 50 y 60, solo que él no llegó. Él nunca quiso irse, quizás el amor a su madre siempre se lo impidió. No pudo realizarse como

Camarón, perro o sirena

Por José Luis Bueno

Publicado en el número 6 de la revista LA FRAGUA, febrero de 2015.


En uno de los cursos de otoño de la UCA en Jerez de la Frontera, año 1997, Manuel Morao increpó a uno de los ponentes de la siguiente manera: “Señor Felix Grande, no sé cómo usted puede decir que Camarón de La Isla cantaba bien”. Según el genial guitarrista esto no era posible, porque como decía Fernando Terremoto nadie podía cantar bien hasta alcanzar una edad madura.

Anteriormente, 1973, en Rito y geografía del cante, Tía Anica, la Piriñaca, además de sus magníficas exhibiciones de cante rancio al toque del anterior, sostiene que “el Camarón ese no sabe cantar por seguiriya con lo cantaó que es”. En septiembre de 2002, en una entrevista a Flamenco World en la Bienal de Sevilla, Manuel de los Santos, Agujetas dice: “lo que están haciendo es una mala copia del flamenco. Cualquier muchacha sale chillando como un perro. Flamenco puro no existe, esto que hay ahora es una basura… Y a lo mejor sale otro haciendo los cantes del Camarón y el Camarón es un perro cantando: guau, guau, guau. Eso no es flamenco”. 

En otras ocasiones, las críticas se han cebado con el uso de instrumentos que tradicionalmente han estado fuera del flamenco, como el caso de La leyenda del tiempo, o los arreglos de la Filarmónica de Londres en el Soy gitano. No estamos más que ante el asunto del canon artístico, que en el caso del flamenco se ajusta a una supuesta pureza de los cantes más rancios. Según este criterio, todo lo que no se acomode a ello estará adulterado, como si aquellos que representan esta forma fuesen producto de una iluminación divina en medio de la nada, producto de ninguna evolución. Creo que en cada una de las afirmaciones anteriores hay algo de cierto, a la vez que mal expresado por su fundamentalismo. La alusión a la madurez del cantaor que hace Manuel Morao tiene que ver con el cante como algo con lo que se va lidiando toda una vida, en muchas ocasiones en torno a unos mismos palos y letras, además de una voz erosionada por la edad frente a lo que se ha llamado cante liso. 

Con que Camarón no sabía cantar por seguiriya, Tía Anica quiere decir que no lo hacía como ella y los geniales seguiriyeros jerezanos. Ella misma es quien matiza refiriéndose a los que entonces eran jóvenes cantaores: “…a mí lo que ellos van trillando y aprendiendo está bien, está bonito, y yo como cantaora que soy me gusta lo que trabajan ellos. A mí lo que no me gusta es que digan que saben cantar por seguiriya. Es mentira, no saben”. De Agujetas mejor no esperar matices. ¿Qué querrá decir con eso de que Camarón cantaba como un perro? Parece que se refiere a algo mal visto en todos los géneros vocales: la voz chillona de la que a veces abusaba, sobre todo en sus directos. 

Lo que sucede por encima de todo esto es que la voz de Camarón atraía como el canto de las sirenas, tanto a los que admiraban el cante más ortodoxo como a los que nunca se acercaron al flamenco ni lo harán más allá de él. Y es en ese desajuste con la ortodoxia flamenca, en su singularidad, donde está una de sus grandes virtudes. 

Con la polarización de las posturas entre defensores y detractores perdemos una oportunidad para traer a la tierra a estos mitos y poder discernir libremente lo que hay en ellos de extraordinario y común. Si así lo hiciésemos podríamos acercarnos a valorar lo que cada uno aportó al cante y en última instancia comprender un poco mejor cómo está siendo en estas últimas décadas la evolución y transformación del arte flamenco. 


“La enseñanza académica de la belleza es falsa. Se nos ha engañado tanto que ya no se puede volver a encontrar ni la sombra de una verdad. Las bellezas del Partenón, las Ninfas, los Narcisos, todo eso son mentiras. El arte no es la aplicación de un canon de belleza, sino aquello que el cerebro y el instinto conciben independiente de ese canon. Cuando se ama a una mujer no se toman los instrumentos para medir sus formas; se la ama con nuestros deseos y, sin embargo, hemos hecho lo imposible para introducir el canon hasta en el amor”.

“Declaraciones de Picasso, 1935″. Gaceta de arte, 1936, marzo, nº 37, pp.12-13