El señor Silverio ha vuelto



“¡Es Silverio!, ¡El señor Silverio ha vuelto!”. Los gritos se propagaban por el barrio de La Viña como el susurro del poniente en la madrugada. Como si fuese una consigna, la frase pasaba de la boca de este al oído de aquel repitiéndose una y otra vez hasta que ni los propios intermediarios sabían muy bien a qué se estaban refiriendo, ni quien era aquel señor Silverio que tanta excitación producía. De haberse podido seguir el curso del rumor a contracorriente, se habría llegado hasta una vieja gitana que, tras oír cantar aquella siguiriya, que hoy es historia, a aquel forastero de quien todos habían estado haciendo burla hasta unos instantes antes, no pudo evitar exclamar entre lágrimas de emoción y alzando las manos: “¡Es Silverio!, ¡El señor Silverio ha vuelto!”.
Yo sabía que era él antes incluso de que aquella mujer proclamase a los cuatro vientos la buena nueva. Y sin embargo, hasta doce horas antes, ni siquiera conocía su existencia. Supe de él por vez primera cuando, jugando aquella mañana en las inmediaciones del muelle, vi venir a mi padre en compañía de un grupo de tres o cuatro hombres. Curioso, me acerqué a él, y al verme me dijo: —Ven, alguien muy importante llega a Cádiz. Acompáñame a recibirlo. Pero no se lo vayas a decir luego a nadie que es un secreto—. En efecto, apenas nadie sabía que Silverio volvía a España aparte de estos pocos que se adelantaban a recibirlo al muelle. Y sin embargo, aquel hombre estaba a punto de protagonizar un acontecimiento que ahora, con la perspectiva que dan los años, se aparece como de crucial importancia en la historia de lo que después se llamaría ‘flamenco’ y entonces se conocía como ‘cante gitano’. Esa misma noche, en aquella humilde casa cercana a La Caleta, ante mis ojos de niño curioso, el cante gitano iniciaría con aquella siguiriya una nueva etapa que sería conocida como la Edad de Oro del flamenco. Después de ella ya nada volvería a ser lo mismo en aquel mundo peculiar y apasionante. Aquella siguriya fue el símbolo del regreso de Silverio, y ese regreso supondría el inicio de una nueva era. A veces me preguntan que cómo evoco aquella actuación que tuve la fortuna de presenciar. Para mi sensibilidad de niño, aquella noche, la voz de aquel hombre cantando ante el repentino silencio de los mayores que allí se habían reunido, muchos de los cuales eran considerados maestros del cante, parecía salir de la misma tierra para alzarse después sobre los hombres y las casas de los hombres. Era una voz telúrica, una suerte de grito cósmico. No sé por qué, pero ahora, tantos años después, recuerdo con especial nitidez cómo el rumor lejano del mar y el sonido del viento parecían intentar rellenar los huecos que dejaban los mágicos silencios que, exigidos por la interpretación, se intercalaban entre la voz y la guitarra; aquellos silencios que la voz del coloso llegado del otro lado del océano administraba con tanta maestría y sentimiento. Ahora, cincuenta años después, entiendo que posiblemente nunca se haya oído una siguiriya como aquella. O quizás sí… según dicen algunos, pero emitida poco después por aquella misma garganta junto a las Puertas de Tierra… pero esta es otra historia.

Por la mañana, yo contemplaba junto a mi padre cómo un vapor, de nombre “Gravina”, entraba lentamente en el puerto tras las tres semanas de travesía que tercian desde Buenos Aires hasta Cádiz. Todo esto, el nombre del barco y su procedencia, lo supe después, cuando tuve edad de entenderlo e interesarme por los detalles. Era el año 1864, pero no recuerdo el mes. El cielo era de un azul intenso, y el mar estaba plácido y relajado. El barco entraba tan despacio que daba una extraña sensación de quietud; diríase que se fuera a quedar dormido en cualquier momento antes de lograr fondear, como cuando alguno de aquellos cantaores llegaba, ya de mañana, tras una noche de juerga y vino, tambaleándose de tal modo que pareciera que iba a caer dormido de cansancio y borrachera justo antes de llegar a la puerta de su casa, donde le esperaba la escandalosa bronca de su mujer al ver que apenas traía unos reales.

Mi padre me dijo el nombre del personaje: Silverio. —¿Quién es Silverio?— Pregunté con la voz chillona y descarada de mis ocho años. Con una solemnidad que me hubiese parecido cómica si no hubiese tenido la edad que tenía y aquel no hubiese sido mi padre, me contestó: —Niño, entérate, Silverio es el más grande—. Más tarde, tras un largo rato de espera, el tal Silverio desembarcó. Una vez hubo saltado a tierra desde la falúa que lo traía del vapor con su equipaje, se irguió, se estiró los faldones de la chaqueta y miró hacia nosotros. Era un hombre alto, muy corpulento, de brazos largos y torso prominente. Vestía muy elegante. Impresionaba verlo allí parado, enorme, con aquella espesa barba cubriéndole la gran papada. Al verlo, creí entender lo que mi padre me había dicho: pensé que aquel era el hombre más grande del mundo. Uno de los que formaban la comitiva de bienvenida se adelantó, le dio la mano y mantuvo con él una breve conversación que el alboroto del muelle y el ruido del viento no me permitieron distinguir. Después subieron la escalinata y se formalizaron las presentaciones; el último en saludarlo fue mi padre, cuya emoción sentí en la forma de un sutil temblor y un leve titubeo al hablar. Después Silverio me miró y mi padre le dijo —El chavea es mi hijo. Dale la mano, niño— Y así fue como le di la mano al gran Silverio justo recién llegado de Argentina. Muchas veces, al correr de los años, he evocado aquel momento al que entonces no di la importancia que se merecía, y probablemente hubiese olvidado los detalles que tan bien recuerdo, de no ser porque aquel gigante, tras estrecharme la mano y revolverme el pelo, me preguntó con acento sevillano y deje platense: —Y tú qué ¿también cantas?— sin que me diera tiempo a contestarle, porque enseguida reclamaron su atención. Mi padre me dijo entonces que volviese a jugar, y que no dijese nada a nadie de todo aquello. Mientras volvía con los otros niños, los vi dirigirse a la Plaza de Isabel II entre charlas, palmadas en las espaldas y aspavientos con las manos.

Mi padre llegó tarde a almorzar. Estaba nervioso e irritable y se peleó con mi madre dos o tres veces en media hora. Después de comer me dijo: —Los Ortega han organizado esta noche una juerga en la Viña. Quiero que estés allí y veas lo que va a ocurrir—. No me sorprendieron aquellas palabras aparentemente enigmáticas porque en seguida intuí que tenían que ver con la llegada del tal Silverio, y así se lo dije:
—¿Va cantar Silverio?— Mi padre me preguntó algo extrañado:
—¿Cómo sabes tú que canta?
—Si me preguntó en el muelle si yo cantaba, digo yo que algo cantará él.
—Pues sí, hijo, y no hay quien lo haga mejor, pero no vayas a decir nada porque es una sorpresa de los Ortega. Nadie sabe que ha vuelto, y como trae esa facha de indiano y esas barbas, nadie lo va a reconocer… hasta que se arranque.

Me contó entonces mi padre que aquel Silverio Franconetti, como era su nombre completo, había aprendido a cantar escuchando a los más grandes allá en Morón, donde vivió, y en Sevilla, donde nació. Al mismísimo Fillo entre muchos otros había tratado de niño, y éste le animó a seguir cantando, llegando a ser su maestro y mentor, y una de sus principales referencias. De niño se escapaba de la sastrería de su familia, donde trabajaba, para colarse en las fraguas y los patios donde vivían los gitanos para oírlos cantar. Y así, oyéndolos, fue aprendiendo y entendiendo el cante tan bien como el que mejor. Cantaba la siguiriya como nadie, y hasta tenía una propia que cuando la interpretaba temblaba la tierra, como tuve ocasión de comprobar en primera persona aquella misma noche. Era, sin duda, el mejor de su tiempo, como lo fue El Fillo del suyo. Un caso raro: un payo, no ya cantando los cantes gitanos, sino ganándose merecidamente el primer lugar entre todos los maestros. Pero en cierto momento se fue al Uruguay justo cuando estaba en lo más alto, nadie supo bien por qué. Ahora, en efecto, había vuelto, y nadie, excepto los Ortega y pocos más entre los que mi padre se enorgullecía de contarse, sabían de su presencia en Cádiz. Su actuación en la fiesta de aquella noche serviría de presentación sorpresa. Esta historia excitó mi curiosidad y me dije que por nada del mundo me perdería la actuación de la noche.

Al atardecer llegué al lugar. Aún no estaban todos los participantes en la juerga, pero reconocí a varios de los presentes. Entre ellos estaban algunos famosos cantaores y cantaoras, como María Borrico, Curro Dulce, Patiño o Manuel Molina entre otros, así como guitarristas de prestigio entre la gente del mundillo. Silverio no había llegado. Mi padre sí. Al verme me llamó y me dijo: —Ponte donde no molestes y quédate bien atento—. Así lo hice: me busqué un lugar bajo una mesa con viandas y botellas, en el que había otros dos chiquillos y desde donde se distinguía toda la amplitud del círculo principal de sillas, donde poco después se cantaría. Fue pasando el tiempo. Las conversaciones eran cada vez más escandalosas conforme se iba consumiendo el vino que los Ortega, organizadores del encuentro, ofrecían de su bolsillo, detalle este que a buen seguro habría atraído a muchos de los presentes, y atraería a otros aún por venir, que nada tenían que ver con lo que allí se celebraba. Las mujeres iban poniendo platos de camarones, cangrejos, aceitunas, queso y otros productos de la tierra. Al poco comenzaron a oírse entonar las voces aquí y allá, los rítmicos palmoteos se fueron dejando oír en los corrillos así como algunas guitarras, que comenzaban a afinar y a ensayar rasgueos y falsetas. Después, los cantaores se fueron sentando en las sillas de enea sin separarse de sus vasos de vino, y enseguida algunos gitanos comenzaron a cantar por turnos, empezando los de menos prestigio, que estaban dispersos por el patio, para poco a poco sumarse los más esperados, los grandes, que estaban sentados en el centro, junto a donde yo estaba. Poco antes de que se encendieran las voces llegó Silverio acompañado de algunos de los Ortega, quienes lo presentaron como un amigo de la familia recién llegado del Río de la Plata. Como era de esperar, nadie lo reconoció. Silverio se sirvió una copa de vino fino, se sentó un poco apartado y se puso a escuchar y observar en silencio todo lo que allí ocurría. Durante algo así como dos horas estuvo escuchando los distintos turnos de cantaores hasta que, en un momento dado, Enrique Ortega dijo: —Lo mismo el invitado se quiere arrancar—. Lo que en un primer momento fue considerado una broma que el anfitrión le gastaba a su invitado, una vez éste dejó claro que aceptaba el ofrecimiento y se disponía a cantar, terminó suscitando un rumor de risitas comentarios jocosos y codazos que inundó el patio, rumor que enseguida degeneró en burlas apenas reprimidas y chistes más o menos ocurrentes referentes al asunto. Silverio se dirigió al guitarrista de turno: —Eleve la cejuela y preludie usted una siguiriya—. Las risitas y cuchicheos se acrecentaron, pero Silverio hizo como si no las oyese. Aquel americanillo recién llegado se atrevía a atacar nada menos que una siguiriya. “Su ridículo será apoteósico”, pensaron todos.

Apenas se alcanzaba a oír la introducción de la guitarra sobre las toses, las risitas y los cuchicheos, cuando de repente un trueno sonó, no ya en el patio, sino en todo el barrio de la Viña, en todo Cádiz, en el mundo entero; eran los ayes previos de la siguriya saliendo desde el fondo de aquella garganta como surgiría el sonido de un terremoto escapando desde una gruta profundísima, pero con el rajo de un experimentado maestro y el sentimiento de quien se creyese a punto de morir. Las sonrisas se helaron en las bocas, las manos se congelaron en el aire y repentinamente se hizo ese silencio que yo habría de recordar el resto de mi vida. Y entonces Silverio cantó. Cantó en Cádiz por primera vez tras años de ausencia, y cantó como nunca antes nadie había cantado. Era su propia siguiriya, la que ninguno de los presentes se había atrevido a atacar. Aquella voz era un imán y un quejido, una fuente de sangre y de pasión, fuego y hondura. Al final de cada tercio, Silverio se quedaba mirando al suelo con una mano apoyada en el muslo mientras la guitarra preparaba en el interludio la próxima entrada de la voz. Entonces sus puños se cerraban con fuerza agitándose con violencia mientras su mirada se perdía en el aire de la noche perfumado por claveles y geranios, y aquel coloso volvía a inundar el espacio con la fuerza de su voz y su arte sin medida. Al terminar quedó un silencio que nadie se atrevió a romper hasta que, pasados unos instantes, una anciana emitió el mentado grito que recorrería el barrio de boca en boca para extenderse en los días siguientes por toda Andalucía: “¡Es Silverio!, ¡El señor Silverio ha vuelto!”. No sé cuánto tiempo seguiría cantando después de la siguiriya, pero atacó todos los palos: polos, cañas, serranas, más siguiriyas, martinetes, deblas, soleares y cabales. Y todos los interpretó con tal maestría y sentimiento que nadie después de él osó cantar una vez hubo concluido. Al final, los gitanos y los pocos payos que allí había rompieron en aclamaciones y piropos, y muchas mujeres no pudieron evitar estallar en lágrimas de emoción. Todos quisieron estrechar su mano, y todos lo hicieron con respeto y admiración y, sobre todo, con una devoción que no he vuelto a ver en mi vida salvo dirigido a ciertos santos, Cristos y Vírgenes. Mi padre, apenas incapaz de contener sus lágrimas, me dijo —Niño, no olvides nunca lo que acabas de escuchar—. No era necesaria aquella sugerencia. Para mí, tras tantos años transcurridos desde entonces, fue el momento más importante de mi vida como cantaor y enamorado del flamenco. Toda mi vida he cantado recordando aquella interpretación, tomándola como referencia, como el ideal del modo en que se debe cantar, aunque siempre consciente de la imposibilidad de lograrlo, de acercarme a ello siquiera.

Así es como yo lo recuerdo. Lo demás, lo que vino después de aquel día es bien conocido. En los años siguientes, Silverio impulsó el flamenco a una nueva dimensión al introducir el concepto de café cantante, que permitió la profesionalización de los intérpretes y la apertura de este arte a nuevas audiencias, ayudando así a su difusión y abriéndolo a nuevas influencias que lo han mantenido siempre vivo y en permanente evolución. Pero todo comenzó en aquel patio de La Viña, aquella noche, con aquella siguiriya, y yo tuve la suerte de estar allí y presenciar aquel hito histórico, aquel acontecimiento mágico del que seguramente se hablará durante siglos para gloria de la memoria del gran Silverio Franconetti y del flamenco mismo.

Ignacio González

2 comentarios:

Ana Santana dijo...

Para mi, un pequeño viaje en el tiempo .. historia. Un relato con sonido, olor y sabor. Me hubiese gustado estar alli ..
Ana

Juan Silva dijo...

Conocía la anécdota. Pero tal como la has contado he conseguido sentirla. Ole el arte.