PALABRAS DE MÁXIMO LÓPEZ - PRIMER PREMIO IV CONCURSO DE LETRAS FLAMENCAS LA FRAGUA

Queremos, desde aquí, agradecer a Máximo López Jiménez, sus emotivas palabras al recibir el primer premio Manuel Machado de la IV edición del Concurso de Letras Flamencas La Fragua de La Isla. Y como no podía ser menos, aquí dejamos su texto que amablemente nos ha cedido.
















Muy buenas noches, señoras y señores.

Sumándome al saludo protocolario y flamenco de la Fragua de La Isla, Salud y Alegría, amigos.

Antes que nada desearía dar las gracias tanto a la organización como a los miembros del Jurado de este IV premio de letras flamencas, por considerar mi trabajo como merecedor del Primer premio y por los argumentos esgrimidos a la hora de emitir el juicio sobre el mismo que, dicho sea de paso, me han llenado de sentimientos positivos.

Igualmente quiero mostrar mi felicitación a todos los participantes del certamen, especialmente a los finalistas y a quienes me acompañan en el cuadro de honor de la presente edición.

Y después de esto, la verdad es que no me quedan más que palabras de satisfacción, honor y orgullo.

Satisfacción por tener la oportunidad de compartir un espacio mítico de la bahía –ayer Venta de Eritaña, hoy Venta de Vargas– anotado ya como templo sagrado de advocación flamenca. Un templo cuyas paredes rezuman esencias de las primitivas seguiriyas gaditanas y de los Puertos amasadas por los isleños el Viejo de La Isla, o su hermana María Borrico; los tangos gaditanos del Niño de La Isla, los melismas y el titirimundi de Farina el de La Isla, el regusto por cantiñas del Chato de La Isla y otros artistas distinguidos con el sello característico del cantaor cañaílla, hasta llegar al más preciado, querido y alabado de cuantos artistas dio San Fernando, como fue José Monge Cruz, Camarón de La Isla. Ahí es nada.

Honor, porque ser reconocido en la Real Isla de León, baluarte invencible donde tuvo que claudicar hasta el mismísimo Napoleón, donde el grito natural de sus gentes quedaría reflejado en la primera Constitución liberal española redactada en el teatro de las comedias bajo el influjo irreductible de esta tierra, supone un privilegio cuyo honor me acompañará siempre allá donde vaya.

Y orgulloso, por rendir homenaje al poeta sevillano Manuel Machado, tan ligado al flamenco, a sus coplas y a Andalucía. Y que tan bien supo inmortalizar este bendito rincón –en colaboración con su hermano Antonio– en su obra de teatro La Lola se va a los Puertos.

Y esa Lola, quien será
que así se ausenta dejando
la Isla de San Fernando
tan sola cuando se va…

Pienso que con estos antecedentes, con el pedigrí del lugar donde se asienta la archifamosa Venta de Vargas, cualquiera que suba a este estrado –y hablo principalmente por mí- tiene que sentirse empequeñecido y admirado por tanta gloria como ha ofrecido este bello rincón gaditano.

Posiblemente… No, posiblemente, no. Con total seguridad, no seré ni de lejos el mejor letrista que haya pasado por este concurso, pero sí el que con más ilusión ha recibido el premio.

Muero por mis pertenencias y por la grandeza que emana de los lugares donde habito, donde trabajo, donde me enamoro y donde aumenta mi percepción por el arte y la cultura. Por eso desde hoy, y hasta que San Pedro venga a visitarme, Máximo López será un isleño más para defender, difundir y luchar por vuestras costumbres, vuestra historia y vuestro legado flamenco que ya también considero como propios.

Para terminar, y como de letras flamencas se trata, quiero aplicarme el mensaje de una vieja copla de origen isleño. Y lo hago así por considerar que es muy poco lo que yo he aportado para el trato, el reconocimiento y el galardón tan exquisitos recibidos por vuestra parte. La letra dice así:

Un céntimo le di a un pobre
y me bendijo a mi mare;
para limosna tan chica,
qué recompensa tan grande.
Muchas gracias.


Máximo López Jiménez


UN BROCHE DE ORO

Por Antonio Jiménez Cuenca



La Venta de Vargas acogerá el próximo 1 de abril la entrega de premios del IV Concurso de Letras La Fragua de La Isla. Se dará así, por cuarto año consecutivo, la culminación del ciclo que ofrece una nueva hornada de letras para el repertorio lírico del mundo flamenco. Y para esta ocasión, como cierre del acto, se contará con dos artistas que dejarán su arte grande. Laura Vital, cantaora sanluqueña, que ha sido también jurado del concurso, y Eduardo Rebollar, guitarrista de primer nivel e imprescindible como acompañante para el cante.

Laura Vital canta por herencia familiar de sus abuelos y de su padre y canta desde su infancia en el círculo familiar. Debuta por primera vez con once años en la Peña Cultural Flamenca "Puerto Lucero" de su pueblo natal Sanlúcar de Barrameda. A pesar de su juventud, su carrera profesional está absoluta- mente consolidada con numerosos premios y distinciones, y su presencia se ha vuelto imprescindible en los eventos nacionales e internacionales flamencos de máximo nivel. Es profesora de cante en el Conservatorio Superior de Música Cristóbal de Morales de Sevilla. Su cante gozoso conmueve los sentimientos más profundos.

"... nos trasmite de inmediato la sorpresa jubilosa del hallazgo y la fascinación  del deslumbramiento, el dejarnos llevar por la claridad que nos muestra un universo nuevo, revelador, sin subterfugios, directo y nítido, que tiene la limpieza de lo que nace y al descorrer la cortina que lo ocultaba, descubrimos otra dimensión -palpable y gozosa- del canto." Nuestro amigo José María Velázquez-Gaztelu, con la luminosidad de su palabra nos deja estas impresiones de Tejiendo Lunas, el último trabajo de Laura Vital.

Eduardo Rebollar se forma como guitarrista en la Academia de Matilde Coral. Siendo muy joven, pasa a formar parte del grupo teatral La Cuadra de Sevilla de Salvador Távora. Actualmente es profesor de guitarra en la Fundación Cristina Heeren y ejerce como catedrático de guitarra flamenca en el Conservatorio Superior de Música de Córdoba junto con Manolo Franco y Niño de Pura.

Un broche de oro para el cierre del IV Concurso de Letras Flamencas La Fragua de La Isla.

TRASMALLO 2017

PROGRAMACIÓN

31 DE MARZO


19:30 Proyección de dibujos animados "Flamen'comic", de Eddie PonsContaremos con la presencia del autor que hará una presentación de su trabajo.

EnSalaEra, c/ Pizarro, 1 (La escalerilla).


22:00 "Aprendiendo de José", del Aula de Cante y Fusión de Carmen la Shica y Gabino Pérez.
Tertulia flamenca Trini de La Isla, c/ Galera, 6.



1 DE ABRIL

13:00 Visita a la exposición Letras Finalistas del IV CONCURSO DE LETRAS FLAMENCAS La Fragua de La Isla.

Cervecería La Gran Vía, Plaza del Rey, 2.


16:00 Visita a la exposición de dibujos humorísticos Flamen'comic I. Con presencia del autor y acompañado por el cante de Cristian de Moret y el toque de Julio Cortés.

Güichi del Loro Rojo, c/ Las Cortes, 4.


19:30 Presentación por parte del autor de la exposición de dibujos humorísticos Flamen'comic II.

20:00 Entrega de los premios del IV CONCURSO DE LETRAS FLAMENCAS La Fragua de La Isla.

23:30 Actuación de Laura Vital con Eduardo Rebollar al toque.

Venta de Vargas, Plaza de Juan Vargas s/n.



2 DE ABRIL

13:00 Clase colectiva de castañuelas al aire libre, impartida por María José Coca,  y fin de fiesta como clausura del TRASMALLO 2017.

Güichi del Loro Rojo, c/ Las Cortes, 4.





Jurado IV Concurso de Letras Flamencas La Fragua de La Isla

El pasado 15 de febrero finalizó el plazo de presentación para la entrega de los trabajos del IV Concurso de Letras Flamencas La Fragua de La Isla. Es por esto que se hace pública la constitución del jurado que se encargará de fallar los distintos premios del concurso.


En esta nueva edición, como no podía ser de otra manera, seguimos contando con la presidencia de Don Antonio Murciano González, reciente premio de la Fundación Cruzcampo, que cuenta tras de sí con una brillante carrera en el mundo de la literatura. Deslumbrante poeta arcense, compositor de letras flamencas y filoflamenco autor de más de cincuenta libros de prosa y poesía. El resto de los componentes son:

Don José Antonio Hernández Guerrero, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Cádiz, cuenta con cuatro doctorados, autor de varias decenas de libros de prosa y poesía, filoflamenco y fundador de la Peña flamenca gaditana Enrique El Mellizo.

Don Casto Márquez Ronchel, abogado, músico y poeta, es compositor de un gran número de artistas de primera fila y ha sido letrista de las últimas obras del añorado cantaor Juan Peña el Lebrijano, siendo nominado en 2003 a los Grammy latinos, dos veces a los Premios de la Música y premiado en 2008 por la Fundación Machado.

Doña Laura Vital, cantaora sanluqueña, es una de las grandes cantaoras de referencia en el panorama actual, con una impresionante carrera profesional y varias obras discográficas publicadas en las que demuestra su calidad artística. Es profesora de cante en el Conservatorio superior de Música Cristobal de Morales de Sevilla y, en la última Bienal de Flamenco, tuvo una actuación muy destacada con gran éxito de crítica y público.

Don Ezequiel Benítez, cantaor jerezano que, a pesar de su juventud, lleva una brillante carrera profesional, con varias obras discográficas, habiendo tenido una destacada participación en la última Bienal de Flamenco, es su carácter artístico el de beber de las fuentes de su Jerez natal imprimiéndole un sello propio que lo hace genuino en el panorama flamenco actual.


Pitágoras el Jondo



Por Nolo Ruiz


Las gastadas y polvorientas sandalias de Pitágoras echaron a andar transportando en tranquilo deambular una cabeza encerrada en pensamientos y reflexiones. Ni el sol ni los vendedores de virtudes y deleites perturbaban el encierro en que se hallaba sumido, y que era, al fin y al cabo, el mismo en el que toda la especie había permanecido desde que dijera por vez primera “soy”. No fueron las errantes ni los números sagrados, ni siquiera esa inteligencia capaz de reconocer en sí misma un diálogo y un interrogatorio: una pregunta y un atisbo de respuesta.

Quién sabe si ese día acababa de enterrar a un amigo, o si quizás había trasnochado dibujando cuadrados en la arena con una vara seca. Quizás bebiendo vino. Entonces sus sandalias se detuvieron ante la herrería donde los hijos de Hefesto, el dios gitano de los griegos, patriarca con bastón, barba y camisa rota que entró al Olimpo borracho y montado en una mula pa liberá a su mare –según me contó Homero una tarde–, golpeaban los yunques desentrañando a fuego misterios siderales, siderales como las luminarias móviles incandescentes que coronaban los cielos sobre la casa de Pitágoras, para darles eidos, forma. “Vamos a escuchá”, vociferaron duendes mudos a los oídos del caminante detenido. Entonces oyó. Entonces escuchó los números. Entonces le gritó el alma y se oyó a sí mismo preguntándose y respondiéndose. Los martillos golpearon con fuerza y a compás sobre la tapa de la caja de Pandora y abrió la prisión del pensamiento. Y exclamó Pitágoras en silencioso jipío: “¡Filosofía!”.

¿Cómo ser matemático antes que acusmático? El más primitivo conocimiento es oral. Después, poseído de inspiración, alejado de la ciudad, debajito de un olivo, al abrigo de su suave sombra, con la cabeza abierta, se puso a tocar en monocordio. Y el camino se dio por iniciado. Ese primer mathema, ese conocimiento primigenio, forjado a fuego en la fragua del tío Rafaé –que si no se llamaba así, así se tendría que haber llamado–, sólido, sin fisuras, guardó el compás pitagórico. Qué inspirados por su dios gitano no estarían los herreros que detuvieron en seco las sandalias de Pitágoras abriendo de par en par su mente al cosmos a golpe de martillo para que, todavía hoy, más de dos milenios y medio después, sigamos oyendo con nitidez su compás. Los siguientes, ávidos por proteger la jondura del hijo de Samos, entonaron distintos palos cuajando hemiolias de mathemas, de conocimientos, nuevos.

Pasó la vida igual que pasó la corriente del río cuando mira al mar, que cantó Heráclito, permaneciendo el mathema, el conocimiento, pitagórico, como compás de todos los cantes que vinieron: soleares idealistas, bulerías racionalistas, alegrías empiristas, seguiriyas existencialistas, tangos analíticos... Casi dos mil cuatrocientas primaveras pasaron. En el yunque, duro, gastado por el tiempo pero firme, un martillo pilón se preparó para cambiar los acentos del primigenio compás del samio. En la decimonónica herrería de Max* se oyeron novedosos golpes en los yunques. Y ya no era sólo un nuevo palo al mismo compás. A golpes, a golpes de martillo le dijo el duende al dionisíaco bigotón: “¡Filosofía!”. Y se puso flamenco. Y no pocos tras él se pusieron farrucos. Ya no había sandalias, pero seguía habiendo martillos, martillos pitagóricos para crear soniquetes nuevos... Compás habrá mientras humanidad haya, y cantes nuevos y cantes antiguos: “El que quiere nacer tiene que romper un mundo”. Allá donde se oye un martillo rompiendo el mundo a compás, allá donde un martinete surge de la entraña, se eleva al cielo y vuela con los vientos hay Filosofía porque… ¿Qué es la Filosofía sino el más hermoso y jondo martinete? ¿Qué es el Flamenco sino un filosofar a martillazos? Olé, ¡oh Pitágoras! Olé.


* En referencia a Max Stirner.

Paquito de La Isla

Por Juan Silva



Era martes, corría el año 1957, casi primavera, cuando junto al Pozo de Bernabé se oyó por primera vez el quejío de Paquito. Isabel daba a luz al primero de sus hijos el 19 de marzo. Lo bautizaron con el nombre de su padre, Francisco.

Francisco Páez Moreno, que así es como se llama Paquito de La Isla, se levantaba temprano, antes que pasara el camión de la basura. Se iba a recoger el pan duro que encontraba entre los desperdicios y lo vendía para alimentar a las vacas a una señora de una de las muchas huertas que entonces había en La Isla, Con las perrillas que sacaba se comía un bollo con manteca. Después, como tantos niños de esa época, pasaba el día jugando en la calle con los amigos a los bolis[1], al trompo, a la lima[2]… Así fue la infancia de Paquito, por entonces no sabía que sería Paquito para toda la vida.

Al colegio fue durante poco tiempo hasta que con 11 años se marchó a Barcelona a una imprenta donde trabajo de chico para todo. Allí se quedó hasta los 14 años cuando vuelve a La Isla y comienza a trabajar en las salinas hasta los 20. —El oficio de la salina es muy duro, pero lo aprendí pronto —Nos cuenta Paco—. Empecé de hormiguilla[3]… Estuve en unas pocas, en la salina de San Cayetano, el islote Santiago frente al Ventorrillo del Corral… Trabajaba, además de la temporada, en invierno arreglando le huerta fuera, poniendo piedras.

Foto de portada de su CD Cantaó, de Juan Silva
Además de escuchar a su madre canturrear por Marife de Triana mientras hacia las camas, a él le gustaba escuchar los discos flamencos de la época, recuerda especialmente los de Rafael Farina y Porrina de Badajoz. A la vez que los oía él se cantiñeaba y se decía: —Po no lo hago tan mal tampoco. De esta forma fue cogiendo confianza hasta que le cantó unos fandangos a un tío suyo y este se quedó maravillao. Fue a partir de entonces cuando empieza a moverse con su tío por todos lados. De esta forma llega a casa de Juan Monge Cruz, el Metepata. Este lo escucha cuando él tenía 17 o 18 años: —Antes del bar que tenía fuera, tenía una tasquita dentro en la fragua —Recuerda—. Ese día llegué y Dolores le dijo a Juan: ¿Tú no has escuchao a este niño cantar? Le canté y Juan se volvió majareta. A partir de entonces empieza a parar en lo del Metepata y a codearse con el Pijote, otro hermano de Camarón. Y es de la mano de Pijote como Paco llega a conocer a Camarón, con el que tuvo la suerte de compartir muchos momentos. En verano cuando José pasaba por La Isla se iban juntos a lo de Bartolo en La Casería y allí pasaban la tarde. Nos comenta que una vez Camarón le tocó la guitarra en una fiestecita. Fuera parte que he cantao con él en escenario por derecho, hemos estao en fiestecitas particulares también.

La primera vez que Paco canta ante un público numeroso lo hace en el Teatro de las Cortes. Había un festival en apoyo a una huelga de la construcción, en el 76 o 77, donde actuaban muchos artistas locales. Él no estaba en el cartel pero se pasó por allí a escuchar. Metido entre bambalinas le comentó a uno, que parecía llevar la organización de aquello, que le gustaría cantar. Entonces le buscaron un guitarrista. Allí estaba Ramón de La Isla pero, tras un diplomático “tengo los deos fatal de haberle tocao a todo el mundo”, Paquito terminó cantando acompañado de José Armario el Lete, con quien cantaría muchas otras veces a partir de entonces. Su actuación fue del agrado de los asistentes por lo que a partir de entonces paso a ser más conocido en San Fernando.

En los años setenta en La Isla el cante se podía dar en prácticamente cualquier bar donde hubiese su vinito y su buen ambiente. Paco recuerda especialmente el Metepatas y el chiringuito de Paquita, más palante de la iglesia del Buen Pastor, donde paraban muchos buenos aficionaos de los que fue empapándose y nutriéndose. Ya a partir de 1974 cuando abrió sus puertas la Tertulia Flamenca esta se convirtió en el punto de encuentro por excelencia para los flamencos.

A lo largo de su trayectoria artística ha compartido escenario con Turronero, Juan Villar, Chano Lobato, Terremoto, Rancapino, Capullo de Jerez… También ha ganado varios premios entre los que destacan el primer premio del Concurso Nacional de la Tertulia Flamenca de San Fernando en 1994 y el primer premio del IX Concurso Nacional de Cante Flamenco Memorial Camarón de La Isla en 2010. En algunos me han dao dinero y en algunos una placa- nos explica.

Según nos cuenta, sus cantaores preferidos han sido Camarón, indiscutiblemente, el Indio Gitano, Antonio Mairena, Rafael Farina. También Enrique Morente, y como rumbero el gran Bambino. Hoy día disfruta con la guitarra de Vicente Amigo y el baile del Pipa o Farruquito. O, si nos salimos del flamenco, con Luciano Pavarotti, U2 o el grupo británico The Cure. 

Merece la pena oír cantar a Paco, oírlo y verlo. Siempre con su porte señoríal, el pantalón con su raya y los lustrosos zapatos negros de puntera. Chaqueta, corbata y un imperdible engarzado a modo de broche en el chaleco… Trae suerte. Cuando él canta siente el cante y especialmente las seguiriyas: La seguiriya es un cante muy potente, que te lestima a ti mismo. Una seguiriya cantá por derecho es un cante que lestima, lestima. El taranto también… 

Últimamente ha pisado las tablas de escenarios de Madrid, Bilbao, Zamora, Cuenca, Ciudad Real… acompañado por Víctor Rosa, Juani de La isla o Adriano Lozano, guitarristas isleños con los que Paco se siente a gusto. 

Cuando se le pregunta por el flamenco fusión o el flamenquito Paco responde sin complejos que si se hace bien…, en el disco que he sacao estoy haciendo cosas de esas. Si se hace flamenco aunque le meta una cajita o una flauta no  pasa na tampoco. O to va a ser guitarra y cantaó na ma. Yo en el disco voy a sacar cuatro temas flamenco puros y cuatro ritmosos. 

Fotografía Juan Silva
Paco está a punto de terminar su disco titulado CANTAÓ. Un trabajo producido por LA FRAGUA y bajo la dirección artística de Carlos Rey y Juan Antonio Iglesias, Trysko. Meterse por primera vez en un estudio de grabación con cerca de sesenta años ha sido algo raro para él. Ponerse a cantar sin un guitarrista a su vera le ha resultado bastante extraño: llego allí y no hay guitarra ni na… y está to. Canto yo y me toca la guitarra el otro, pero no coincidimos. 

Cuando salga el disco, yo qué se lo que pensará la gente de mi, o si va gusta, o no va gusta. Paquito no sabe si su disco gustará pero está ansioso por salir de dudas. Tras una vida cantando por fin ha conseguido inmortalizar su voz y espera con ilusión poder mostrar su trabajo. Enseñarle a los que han creído en él lo que ha sido capaz de hacer… en este disco lo hemos cambiado to, he metido nuevo to, músicas y temas.

Paco siente vértigo, el vértigo de verse en un espejo por primera vez en la vida, que en lugar de su imagen reflejará su voz.






[1] Canicas
[2] Una especie de rayuela en la que se utilizaba una lima para clavarla en el suelo embarrado de las calles y así ir completando el recorrido establecido.
[3] Chiquillos que guiaban los borricos cargados de sal. Había un peón que era el vaciador que vaciaba las cargas porque ellos no podían. Pero su tarea era arrear al borrico y que cogiera para un lado o para otro.

Aquel encuentro


Por Lolo Picardo


Publicado en el número 8 de la revista LA FRAGUA, noviembre de 2015.


Nadie lo esperaba, nadie lo llamó. A todos extrañó su presencia, pero allí estaba. Su traje cruzado marrón avellana, su camisa beige, su corbata impecable. Guapo, repeinado y con mucho que decir. Ninguno pudo dejar de mirarlo mientras susurrando preguntaban quién era aquel chaval. Caracol ni lo miró. El Niño de los Rizos, guitarrista de muchas noches, lo besó. Le había tocado mucho en aquella venta. Lo veneraba y había sido de los primeros en comprar el primer disco del artista. Cuántas veces le tocó a la madrugá Eugenio, cuántas juergas, cuánto arte. Los demás lo miraban ensimismados y no era para menos. A Camarón, con menos de veinte, gustaba verlo y por supuesto escucharlo.

El grupo venía de inaugurar una calle en Cádiz, en el barrio de la Viña. La calle Pericón de Cádiz. Se congregaron muchos, muchos artistas. Porque Pericón era un grande de Cádiz y tuvo que ser grande cuando le dedican a uno una calle y encima estando con vida. Pues cuando acabó, unos tiraron para un sitio y otros para la Venta de Vargas. Había que celebrarlo. Entre ellos Carmen Martín Gaite, ya escritora distinguida; Félix Grande, el emeritense, el gran flamencólogo, el que hace honor a su apellido; Antonio Murciano, dios de la poesía del flamenco; María Vargas, guapísima, hermosa, flamenca; Fernando Quiñones, maestro consorte de la Tacita, Coronel de la cultura gaditana; Niño de los Rizos y su guitarra, su inseparable guitarra; los venteros, los clientes, los aficionados, todos estaban allí, hasta los que no estaban.

La mecha de este encuentro se encendió años atrás, una tarde que María y Juan, los venteros, quisieron presentarle a Caracol a aquella promesa, aquella insigne garganta que acongojaría el mundo del flamenco. Porque Caracol amaba a aquella pareja, eran como hermanos. Se pasaba temporadas enteras viviendo en la Venta, disfrutando a sus amigos, impregnándose de arte. Aún se recuerda al maestro jugando a las cartas con el hermano de María, Mangolo, o repasando su repertorio de la a la z, porque Manuel no “jamaba” la lectura y lo que se le olvidara lo perdía. Cuántas noches le regaló Caracol a Juan Vargas y el ventero a Caracol. Cuántas madrugá en el Campo del Sur escuchando a Magandé, el rey del fandango, el rey de reyes. Cuánto cante…

Pero Manuel, ensimismado consigo mismo o rindiendo culto al Botaina, no le respondió muy bien cuando aquel gitanito le cantó, un mal gesto, una mala cara y algo así como que un gitano rubio nunca llegaría a ser grande. Un pequeño desprecio, tan diminuto, pero que quedó clavado en el corazón de aquel blanquecino calé, que disgustado miraba como a su héroe no le gustaba su cante. Joselito Camarón solía pasar por la puerta camino del Puente Zuazo, allí en las orillas del caño, el niño gitano se bañaba, jugaba. Y todos los días miraba para adentro. ¿Quién estaría? El Pinto, Marchena, las de Utrera. O quizás algún torero que le regalara un capote o unas banderillas. Aquella era su casa, porque Juan moría con su cante y con su estirpe flamenca.

Y en aquel cuartito, Caracol mandaba, con cetro y corona. Manejaba el cante con su alma reventada en diez mil batallas, remataba las siguiriyas con fuego en la garganta y clavaba sus uñas, sus cuidadas uñas, en las palmas de la mano cuando cantaba la soleá de la Andonda. Su cuerpo maltrecho por la enfermedad, lo ahondaba en la silla, la mano haciendo compás, la diestra sentenciando el fandango. El público, el privilegiado público absorto ante aquella forma de entender el cante, de utilizar el flamenco para contar sus penas, sus temores, su llanto. No cantaba, era un grito flamenco. Los soníos negros pedían libertad, salir de aquella alma atormentada. Vivir con luz.

Y en aquella mística habitación del colmao, aquellas paredes de Mensaque y cal, entró el niño viejo. José Monge Cruz, el gitano rubio, el que no llegaría a ser grande. Entró y se puso detrás de Caracol. Ni lo miró. Y cantó un fandango como si el mismo Chacón lo hubiese cantado. Miró al Niño de los Rizos y le pidió que le subiera un traste. Caracol hablaba con Quiñones, Quiñones le recordaba un cante. Y Caracol lo cantó. Enorme pero con más trabajo. El tono estaba más alto, pero lo acabó. Estaban en el tercer traste y allí Manuel no canta, no le gusta. Remató Camarón el fandango. Genial, ancestral. Y pidió a Eugenio, el de los rizos, que subiera al cuarto. Caracol ni lo miró. La misma historia, Caracol cantaba bien pero incomodo, Camarón en las nubes, pletórico, feliz, vengativo. Eugenio al quinto, Eugenio al sexto, Eugenio al séptimo…

Caracol proseguía a riesgo de reventar su garganta, de aniquilar su cante. Pero su grandeza no le dejaba rendirse, era el rey del flamenco y estaba en su pedestal. En su casa, en aquella Venta donde canto tanto, donde vivió tanto. En el séptimo cantó con grandeza pero arrastrándose. Pidió ayuda a los arcanos del flamenco y acabó con dignidad. A Camarón ni lo miraba. José cantó en el cielo. Cantó con Undebel, el dios de los gitanos, y el cante se hizo grande e impregnó a todos con ese fandango, con esas letras, con esos melismas. Y José, con ese cante, no le pedía la victoria de aquel duelo, le pedía que le reconociera su grandeza, que para él Caracol era el más grande que había parido el flamenco, pero que su cante era gitano y era también grande. Que el gitano, aunque rubio, sabía cantar. Y Caracol lo hizo. Dejó su narcisismo flamenco y lo hizo. Cogió la mano de José y la acarició, la besó. Le pidió perdón sin pedirlo, inclinó su cabeza, sin moverla. Pero lo acarició. Y aún en la séptima, donde cantan los ángeles, Caracol reventó su garganta, hincó bien las uñas en las palmas de las manos y reventó un fandango que después dirían que era su despedida. Caracol dijo:

Me voy a morí,
gitanitos de la Cava,
me voy a morí.
Venid gitanos, gitanas,
quiero que lloréis por mí,
mis gitanos, mis gitanitos de la Cava.

Noche histórica del flamenco, dudo que hubiese otra igual. Grande, grande. Corazón contra corazón. Llanto por llanto. Se podía decir que aquella noche Caracol entregó el cetro del flamenco a Camarón, con permiso de D. Antonio, el de Mairena. Y desde aquella noche Camarón se erigió como el Dios del quejío, del sentimiento, del flamenco. José quiso a Caracol. Caracol también lo quiso. A su forma, pero lo quiso. Pero es verdad que en un panal no podía haber dos abejas reinas y siguieron separados. No coincidieron después. Y eso que Caracol lo intentó. Hasta partió una guitarra cuando José le negó. Pero no cantaron juntos. 

Decía Paquito, un bohemio lebrijano que paraba en la Venta, que cuando no hay ruido, sobre todo de madrugada, pone la oreja en las paredes y escucha ecos de aquella noche. Escucha una garganta grande que llora. Escucha unos melismas muy grandes, muy grandes. Pero Paquito ama el flamenco y su mente lo engaña. Todos quisiéramos haber estado allí. En la noche más importante de la historia reciente del flamenco.